Estuve mirando la tele sesudamente, sacando conclusiones de lo que veía. Vi Tinelli, saqué una conclusión. Vi Chiche Gelblung, te ponían a Belén Franchese con los ojos vendados frente a una mesa con muchos platos, cada plato con una cosa diferente, y ella tenía que adivinar qué había en los platos, le daban de probar bebidas distintas y demás. Vi el noticioso, las publicidades, avances del porvenir, y saqué una conclusión. Voy a ir a comprar pescado. En realidad, saqué dos conclusiones. La otra conclusión que saqué estaba referida al ámbito de la sociedad y su relación con los medios de comunicación, en cuanto a que estos funcionan amoralmente en base al dinero. Básicamente.
La pescadería, a tres cuadras de mi casa, está emplazada entre dos edificios de madera rustica. Debo decir, además, lo grato que es para mi pasear un domingo, u otro día feriado o sin responsabilidades concretas que me condicionen directa o indirectamente, en lo referido, claro, al empleo del tiempo. De mi tiempo. De manera que para acercarme hasta el negocio camino despacito. En el trayecto un niño pelado juega solo, una silla en la puerta de una casa espera a alguien, un perro con un manchón en la nuca muerde un collar de aljófares, una vieja silba altito, siete ciclistas chocan contra un objetivo preclaro, un bolso cuelga de los cables de luz con un gato gritando adentro, y una mujer divina pega su oreja a una pared.
La pared en cuestión no es otra que la vidriera de la pescadería. ¿Qué pasa adentro de la pescadería- me pregunto- mas allá del intenso olor a pija? ¿Por qué- me digo- esta chica hace eso? Le hablaré.
- ¿Estas tratando de escuchar a través del vidrio? Con un vaso te va a ir mejor.
- ¿Vos tenés un vaso?
- No.
Una mueca desfigura su rostro por unos instantes, luego vuelve a apretar la oreja. Si tomamos como parámetro de una buena respuesta una dulce sonrisa, un cándido parpadear seguido de un besito en la comisura de mis labios, la chica ha reaccionado mal a mi interlocución. Entro.
- Un kilo de pez...
- ¿Qué pez?
- Pez bastón. Un kilo.
- ¿Te lo corto en pedacitos?
- No, molelo. Es para hamburguesas.
Hay doce personas adentro de la pescadería “El Delfín”. Me pregunto a quién persigue la dama de afuera. ¿Al hombre con cara de oso? ¿A quien? ¿A la mujer con pecho de paloma? ¿Al ganso de mirada loca? Sospecho que la dama no persigue al niño de ojos de avispa, ni a su madre de cuello de buitre. Tampoco al abuelo que sonríe como hiena, aunque quizás espíe a esa señora de silueta perruna. De los cinco restantes uno es un canoso con hocico de burro, hay otro que tiene la caripela de un chanchito, una nena de quince con patas de gacela, un murciélago cargando un maletín, un individuo con barba de ballena, y un canguro con cara de mujer.
El vendedor de pescado con cara de pescado me da la bolsa de pescado molido y le pago con un billete. Al voleo veo la oreja de la dama al otro lado del vidrio, aplastada como un axolote al mismo. Me acerco y le hablo. Le digo cosas que jamás pensé osar pensar siquiera. Le hablo bajito de arcanos arcaicos, de una mágica posible vicisitud. En mi relato mento de mis orgiásticas fantasías, fabulo de asombrosas visiones, balbuceo. Empaño el vidrio de labia. Cuando abro los ojos es la boca de la dama la que se aplasta abierta contra el cristal, y es su luenga lengua la que baila adentro. No la escucho, pero sé de qué habla.
Marchamos tomados del brazo ya, bajo el rayo del sol. Franqueamos unas esquinas, cambiamos de vereda, saltamos unas encrucijadas. La conversación, a todo esto, es franca y de ribetes deliciosos. Su voz tornasolada y su mirada limpia, el roce de su piel que es el frote de mi tez, el suave cuero de sus mejillas, la honda holgura de su tierna edad, todo esto sumado al pubis oculto bajo la seda de su faldita, todo esto me inmuta. Estoy enamorado.
Tras el corto estío que pasamos cogiendo en su casa y en la mía, en idilio frutado y dulce, de festejo, de ligue y amorío, tomamos la decisión de residir bajo el mismo techo. El sitio que adoptamos en agronomía, es una casa de dos plantas. Abajo, la cocina. Arriba, el cogedero y la terraza. Ella cuelga la bombacha en la canilla, yo el calzón a su lado. Tenemos idénticos intereses en lo que respecta a la comida y el entretenimiento. Comemos fruta y peleamos por el caracú del puchero, nos identificamos con el mismo personaje de la tele. Por ejemplo en la última biopic de Mussolini. Nos complementamos como el verde veronés lo hace con el rojo indio. Ella se ocupa de las plantas, yo me encargo de los cueritos. Si yo le aprieto una nalga, ella me soba los huevos. Es automático, está implícito.
