martes, 28 de octubre de 2008

San José 629 3º 16 (por escalera)


Estoy viviendo en una casa prestada. Tiene cuatro ventanas. Tres dan al poniente y la otra da a su opuesto complementario: una plaza cargada de malandras. Tiene tres puertas: la puerta de entrada, la puerta del cuarto y un baño en suite con la otra puerta. La cocina no tiene puerta, tiene vano y no en balde una heladera, un microondas, un horno con hornallas, pileta para lavar, el termotanque, un tacho de basura sobre un banco, y el cagadero de una gata tuerta. Se llama Coca pero yo no la llamo así, yo le digo Catalina. Igual ella no reconoce las palabras.
No me pude mudar a otro lado. Pero acá me va a pasar una aventura: Es verano y hace mucho calor. Hay moscas en la habitación, y las papo. Las aniquilo con una camiseta enroscada e ímpetu. Es un pasatiempo. Acá sudo mucho y hago poco. Así que la semana pasada subí al techo a tomar fotografías de la señora que da color a sus pechos en una terraza vecina. Era en el promedio de la tarde, un sábado. Venía de haber llevado la ropa al lavadero, una coreana hermosa que no me entendió patente todo lo que le decía. Había pasado por el súper chino, había comprado comida para el gato, piedras para su caca, manteca, leche, cerveza y un caldo de gallina. Yo quería cagar. Había salido para eso. De antemano. Había ido a comprar papel. Pasé primero por la carnicería, pero estaba cerrada. Voy al chino, pensé. En el chino compré manteca, leche, cerveza y caldo. Llegué a casa y fui a cagar. No había papel. Eran las dos del mediodía y me limpié con el cilindro de cartón. Lo deshojé y me limpié con dos ásperos pedazos. Me acordé de Bukowski, que como último recurso sacrificaba el calzoncillo.
Bueno, me cagué, y me limpié. Es sábado. Qué hacemos. La ventana. Había niños jugando al futbol en la plaza, linyeras en el banco contándose las várices, sol, edificios, un poco de miedo al cielo y una grata soledad ambigua. Tres palomas en los cables, un cigarro en la mano. Y suena el timbre. Hola? El portero anda mal. La gente no me oye.
- ¿QUIÉN ES?
- Federico.
- VOY.
- Federico.
Voy. Tres pisos por escalera. Arduo. Abro. Es Fede.
- Qué hacés?
- Santi.
Un piso por la escalera.
- Qué lindo edificio.
- Viste?
El piso siguiente.
- Mirá este vitró.
- Eh?
- Éste vitró. Es hermoso.
Tercer piso por escalera.
- Es acá.
Entramos, le muestro la casa, abrimos una cerveza.
Y miramos por la ventana.
Niños jugando a la pelota, viejos quemándose al sol, vamos a por una más. Conversamos. A Fede se le ocurre salir a caminar.
- Tenés porro?
- Si.
Lo mezcla con tabaco en la Plaza San Martín, a veintisiete cuadras de la casa. En el camino me cuenta una película acerca de la guerra fría y un hombre-robot cuyos sentimientos se ven agitados por la crueldad de la milicada yanqui y rusa. No tendría por qué haberme contado todo el argumento de esa película pedorra, pero la recordaba. Era un hombre cuyo pasado fue destruido y le pusieron partes de robot en el cuerpo. En realidad habían rescatado solo los ojos, el cerebro y un brazo del chabón. El resto era robot. Terminaba con el tipo cultivando la tierra en un tractor.
Ese faso lo fumamos mirando simultáneamente a un grupo de personas subiendo un mueble con una soga a un cuarto piso, un supergordo reclinando un banco y un hombre de mediana edad que cargando un bolsito se masturbaba dándonos la espalda mientras otros freaks lo miraban boquiabiertos.
Algo sórdida se tornaba la plácida tarde esa tarde en la plaza. Habremos tenido alguna reflexión en la conversación desde el punto de vista psicológico, o llevado para el lado de la psicología. Después fumamos otro chirulo.
Y nos fuimos a comer. Tomamos la calle Florida, Lavalle, cruzamos la 9 de Julio y pisamos Corrientes para meternos en Güerrin a comer esa muzzarella ideal. La gloria hecha queso caliente. Afuera empezó a haber un tumulto. Pero qué fecha era. Era doce de Octubre. La multitud se amontonaba en cúmulos, y seguían una misma rítmica aborigen, originaria propia de esta tierra. Me incluí en la primera fila. Tenías la música, la columna de gente, las banderas y la gente danzante. Tras las banderas, frente a la gente, nos colamos. Rodeados de indígenas, fumados, comidos, bebidos, marchamos. Hermoso. No había otra. Había una procesión. Después de haber comido esa comida, después de haber fumado ese faso en esa plaza, después de haber pasado esa tarde, una inopinada clausura nos arrebató. Los días de aquí en adelante, y de aquí en más, iban a permanecer distintos.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Los Amigos de Carlitos



- Estoy bajoneado, maestro.
Era un bar temático. Había un viejo pelado jugando al truco por porotos blancos con un mozo de delantal. Después jugaba con otro mozo, y después con otro más. Un boliche largo y angosto, y ahí yo me tomaba un Toro Viejo con soda. Cosa curiosa: Carlitos (porque se llama Parrilla Los Amigos de Carlitos) tenía un capuchón de estaño del pico de vino en el dedo índice. No pregunté, no quise preguntar. La discreción es un bien bien valioso.
- ¿Qué le pasa, amigo?
No había una sola mina. Estaba muy acotado el espacio, coexistían pocas mesas en un pasillo estrecho. Estaba lleno, no había quien no fuera un habitué y cuando le pregunté a el salteño si frecuentaba el lugar me dijo “si no estoy esta noche vengo dentro de un rato”.
- Dramas de concha.
A mi mesa estaban sentados el salteño, Hugo Catelli y Un Desconocido. Éste último llegó promediada la conversa y se sentó sin avisar con un vaso de vino. Yo estaba preocupado, me llevé la mano a la cabeza y escuché el tic tac del reloj pulsera. Una y diez pasadas. A pesar de la ley, todos fumaban.
- ¿De concha? Esos pelos agitan las montañas.
Tic tac tic tac tic tac tic. No corría el aire. No había mujeres, el vino con soda no daba ni dio ni da. Me había pasado una cosa fea y estaba caminando en puntas de pie en mi propia casa.
- Estoy caminando en las puntas de los pies para entrar y salir de la casa.
Era una mesa de dos para tres personas en un rincón pegado a la entrada. Teniamos un taburete, un gato encima y la puerta. El lugar estaba lleno, pletórico de ebullición. Un homosexual se detuvo a saludar al salteño. Un puto viejo toquetón, y el salteño se puso nervioso. Es un tema delicado el de la homosexualidad; el viejo se fue, aventado por los gestos esquivos.
- No magnifique compañero.
No magnifico y pedimos otra vuelta del vino agriado. El mozo tiene un bigote fino y una lamida de vaca en la cabeza. Tiene un lápiz cruzado en una oreja, un trapo al brazo y una bandeja. La bandeja tiene manies, el trapo olor a sucio. El mozo huele a sí. Hiede.
- No hay magnificación, señor. Es la realidad, y la realidad es una sola, como diria el general. Ahora, yo te digo, no es simple, no hay movida simple, esto no es tan sencillo, mi tema... es una cantidad de responsabilidad compartida, y hay un punto en el que yo no coincido.
No era cuidada pero era luminosa. Sin ser cegadora la luz era blanca, pero con sus matices permitía amar la ambigüedad tiernamente luminosa. Habia humo, también. Y olor a tiempo.
- Habria que ser varón. Y bancarsela cabrón.
Un dejo de culpa tocaba mi alma, un viento de falta rozaba mis huevos, la dicha solapada crispaba mi ego bendito de ternura. Todo esto por una mujer sórdidamente bella. Un hallazgo de concha.
- Es tan difícil.
¿El bar cerraba? Tenía que cerrar. Pero podía abrir al día siguiente.

sábado, 6 de septiembre de 2008

opulentos escotes al alcance de la mano


Primero me iba a poner el pantalón y después el calzoncillo. Pará, dije, al revés. Estuve preguntándome a dónde tenía planeado ir, siendo el día un feriado soleado nacional. Iba a Coghlan, a ver una casa. La idea era ver la casa, testear, sondear, observarla, y si gustaba pegar un alquiler. PAGAR un alquiler, para poder vivirla ahí adentro, quizás comprar un jazmín para el jardín. No sé. Nunca fui a Coghlan, ni siquiera sé cómo se pronuncia Coghlan. ¿Cómo se pronuncia Coghlan? Sin la hache. Coglan.
Tomé el colectivo 168, que toma una calle paralela a Zapiola, y me bajé en Av. De los Incas. Tuve que caminar, hice trasbordo con un tren, y llegué. El viaje en tren, con los vagones vacíos y sin anécdotas, fue corto, aunque fructífero en imágenes: un borronazo constante por la ventana, salpicado de: niños vendiendo, hombres pidiendo, un coreano en cuclillas fumándose un pucho en medio del vagón. Al bajarme pensé que esa es la postura clásica del chino.
La casa quedaba en una cortada, cerca de la rotonda lindante con Av. Cramer. Hacía sol, era feriado y la casa era un PH del año 60 algo pedorro. Buena fachada, un balcón sobre la puerta prometía tardes de grato silencio, mateadas verdes y opulentos escotes al alcance de la mano.
¿Y qué pasó? Toqué el timbre, batí las plamas, me saqué los anteojos de sol, silbé y chiflé, batí las palmas, toqué timbre, me puse los lentes, y me atendió una mujer hermosa con un labio leporino muy al estilo Michelle Pfeiffer, blonda teñida, reacia a socializar con cualquier caído del catre recién llegado a tocar a la puerta, cual paracaidista que vio en el diario un aviso clasificado mentando su morada y vivienda.
- ¿Quién vive?- le pregunté. Pero no escuchó o no quiso oir. Ya se sabe que no hay peor sordito que el que no...
- ¿Si?
- HOLA VENGO POR EL AVISO!!!
- Ya fue, ésta casa está vendida.
- ¿Pero cómo?
- Perdiste muñeco.
- El aviso no dice tal cosa.
No me dijo más nada. Se fue. Lo que es yo, idem.

Camino un poco con reciedumbre, un poco con pesadumbre y un poco mareado por los arrabales del conurbano, de perfil a la via. Pasa un tren, veo un borroso chancho picando boletos y lo que me parece ser una señora de cabeza grande. No ladra un perro en la distancia y tengo la cara yerta por la helada.
- Andate de mi casa. De ser posible para siempre, por favor.
- Esperá, dame razones.
- Anídate lejos, vete de la casa en este instante. Después te mando tus cosas.
- ¿Por correo? ¿La ropa por correo?
Salté a la calle como por un tubo y me fui por las ramas. Por las ramas de los arboles como Godzilla en Nueva York, como King Kong en el subte, como Winston Churchill lo hubiera hecho en la húmeda posguerra.
Salto a la calle embolsado en una angustia galopal, reembolsado y embolsado, como por un tubo. Las aceras desérticas chocan contrastando fiero y duro contra mi cuerpo grande, mi tez morena y mis ojos achinados. Mi nombre es Sergio, me repito atravesando la via del ferrocarril. Mi nombre es Sergio, tengo 37 años, soy solo. Voy a eludir cualquier pensamiento que no me represente entera y enérgicamente.

Entro al almacen de ramos generales.
- Hooolass amigo!- me atiende Sergio, mi tocayo dilecto.
- Sergio.
Le quemo el bocho contándole la historia reciente de mi vida. Me da un vaso de tinto entero y trata de reconfortarme.
- Hay muchos peces en el agua, quedate tranca. Hay tantos peces en el agua como granos de arena en el cagadero de un gato.
- Me dijo que me manda las cosas por correo.
- ¿Por e-mail? ¿La ropa por e-mail? Imposible.
- Puede ser muy injusta a veces. Intratable.
- Intransigente, dura..?
- Ya está.
No ladra un perro cuando cruzo la barrera y me meto en la Avenida Pavón. El 37 me chupa, me absorbe, me arrebata y me lleva a Capital, a la casa de mi madre.

Madrugada, tres de la mañana, chufle, fresquete, tornillo; rolo un faso. Entro al departamento sigiloso como un chacal, como una hiena embarrada, con la llavesita. Hago un lento stop en la kichinette, o kitchenet, para tomar aire, agua, pan, dulce, té, queso y una mermelada. Tras paliar el bronco bajón me meto en mi cuarto. Hay un bulto en mi cama, un hombre, la incofundible forma de un cuerpo, acaso muerto. Un dead body, como dicen los ingleses. Un corpse tumbado, encolchado en mis mantas. Me acerco, constatando que respira, mas sin roncar. Lo toco suavemente y se despierta.
- Hola. Soy Sergio.
- Hola.- me replica.
- Supongo que mi madre te alquila ésta habitación.
- No se...
- Vamos a tener que compartir la cama.
- No, para nada.
- ¡Madre! ¡MAMÁ!
La habitación de mi madre es el cuarto contiguo. No me molesto en tocar la puerta, pero asomo la cabeza con el debido respeto que se le debe a una santa madre, especialmente teniendo en cuenta la presencia de Sergio, su pareja y mi tocayo más execrable, que yace azulado.
- Hola, mamá. ¿Te desperté? Hay un hombre en mi cama.
- Sergio... ¿qué pasó y qué hacés acá?
- Me separé. ¿Quién está en mi cama?
- Ya me levanto.
Me siento en la mesita del comedor, rodeado de un ominoso silencio roto por el crepitar de dos pretéritos recuerdos tristes: una vez mi santa matrona me llevó de paseo a la Rural y me compró dos pollitos. Uno se murió solo y al otro lo pisé.

Mi cabeza se comporta erráticamente. Mi espíritu se drena, mi alma se condena. Y en eso cae mi vieja.
- Hola
- Me separé.
- Hace cinco años que no venís. Ni me llamás, ni me escribís.- chilla la vieja.
- ¿Quién es ese tipo?
- ¿Quién? ¿Sergio?
- No, el inquilino.
- ¿Qué inquilino?
- El hombre que vive en mi cuarto.
- No hay nadie en tu cuarto Sergio. Tu mente te juega una mala pasada, como en El Club de la Pelea, como en El Maquinista, como en La Ventana Secreta, como en El Número Veintitrés o Veintisiete con Jim Carrey, y otras tantas pelis. Ahora lo que vas a hacer es distinguir la realidad de la ficción, o no, mejor aún, te vas a ir a dormir. Y mañana hablaremos.
Mi mamá me da un beso en la cara, me contempla con minúscula aprensión y se espianta para el tocuarto suyo.
Voy a la cocina, abro la heladera, bebo agua helada, trago una aceituna e inhalo la áspera fragancia de un pedo reciente de mi propia manufactura. Pienso que quizás el perfume quedará atrapado cuando cierre. Me llevo la botella de agua al cuarto.

Toda la noche sueño que un ente abstracto tripartito, que es La muerte, El ser y La nada, me impide mover la cabeza del Rey de un tablero de ajedrez microscópico. Pienso que si con la fuerza de mi voluntad logro torcer las chances a mi favor y mover la cabeza del monarca, una nueva era acabará naciendo.

Si bien el despertar no fue nefasto ni demasiado calmo, el desayuno fue copioso y agradable. Como dicen los yanquis, nice. Pero pensando a la marchanta recuerdo que al alba, en el catre, no yacía él. Yacía yo. Yo solo. Como Satán revisitado en una fábula de poca monta.
Mi madre tampoco está, ha de haber salido a por algo. El puto del dorima me acosa a la hora del morfi, preguntando y volviendo a inquirir con repreguntas.
- ¿CÓMO ESTAS?- indaga mastica traga un bofe dulce.
No me gusta contestarle directamente, de modo que lo evado con digresiones, vaguedades y rodeos y circunloquios.
- Si, basta. ¿Quisieras alejarte de la mayonesa? Yo sí quisiera poder tomarla en mis brazos en tu ausencia.
- Bien, bien... ¿Laburando? Tu madre me dice que estás copado con la gastronomía.
Su tono asusta. Me espanta su aspecto. Me encrespo ante su expresión. Aterrado por la manera en que Sergio traga saliva me estremezco. Tiemblo horripilado. Paramos de comer y me voy al cuarto.

Estoy en el cuarto y no quiero mirar a la cama. No quiero mirar a la cama. En la cama yace la sospecha de una efigie. Voy a mirar por la ventana, me acodaré en su marco para hacerlo. Veo la calle, con todos sus ingredientes y aderezos. Veo las veredas, que serían la masa. Los coches serían la sal, y los edificios el tuco. Las casitas, la cebolla; los perros, el orégano. Los seres humanos son aceitunas y la mozzarella es el empedrado. Algo me llama la atención. Un culito. La portadora vive aparentemente ahí en frente, en un edificio recientemente edificado. La observo despacio o en sucesivas lentas etapas. La primera: hallazgo. La segunda: excitación. La tercera: disfrute. Busco un zoom y la miro de cerquita. Descubro azorado que tiene una colita de cuadril. Me sorprendo pensando que ese ojete es un pan de dios. Calculo que está cocinando.

Miro a la cama y está el tipo. No está sentado fumándose un pucho, está igual que anoche, dormido. Lo quiero despertar.
Lo despierto.
- Hola- me dice saturado de naturalidad.
Me siento en la silla y le doy un tabaco. Se incorpora. Se despereza y hace un paneo general. Está tranqui, fuma el cigarrillo con delectación. Se detiene en la rubia de la ventana.
- ¿Sabés qué? Yo en realidad no fumo.- dice éste tipo, acaso mi alter ego maldito.- Aunque éste no sea mi primer cigarrillo. Y tengo muchas más anécdotas para contarte.
- Tenés dos minutos para volar de acá, pendejo.
Me pongo a darle en la cara con un puño. Él, Fulano, cae fulminado. Pienso en cortarlo en pedazos y con ácido muriático deshacerme del cadáver en la bañera. Barajo la posibilidad de tirarlo por la ventana y que se estrole. Calculo la opción de quemarlo. Observo la variante de enterrarlo, de ocultarlo en el closet, de exhibirlo, de crucificarlo cabeza abajo, de picanearlo, de hablarlo con alguien. Con esto ultimo en la cabeza, lo ato y lo maniato para que no huya, e inclusive le pongo en la boca un boniato.

En las páginas amarillas consulto la sección psicológica y ubico una terapeuta. Arreglo una cita, infortunadamente para la siguiente semana. Está bien, me digo, no importa, voy ahora. Primero lo que hago es darle una ducha helada, secarlo, peinarlo, arroparlo, maquillarlo y perfumarlo con colonia y agua de azahar.
- El agua de azahar se usa para pastelería. - le digo.- Se usa para el pan dulce. Tiene un rico olor. Ahora te voy a sacar a la calle y te tenés que portar bien.
No me hace caso y lo noto. Se retuerce en la silla como una anguila en una ingle.
- Te doy tres cosas: güisqui, trompadas y cloroformo.
Amansa tanto que queda desvanecido e incapacitado, así que lo arrastro con sogas y me lo llevo a la vereda.

Acá vendría una descripción de los autos que no frenaron, de los taxis que no pararon y de Sergio haciendo gestos frenéticos en el medio de la calle, pero el verdadero narrador de ésta historia no es Sergio sino yo, el fulano tirado en el piso, que en ese momento sacó provecho del descuido y escapó raudo.
Doblé en la primer esquina, las manos atadas a la espalda, la boca bloqueada por el boniato, la mente desvinculada y atomizada por el alcohol, la cara roja de maquillaje, el cuerpo dolido, el espíritu agotado, el alma agonizante, los pies sin zapatos y el ánimo caído en congoja.
Corro siete cuadras hasta un taller mecánico, que está cerrado por duelo. Miro en derredor y encuentro un niño. Junto al niño, una perra embarazada, dos almohadones sucios en el suelo y una radio portátil con una transmisión en directo. Pateo la perra y le pido al nene que me desate. Una vez libre de manos, me saco el boniato de la cara.
- Era un nudo marinero.- me dice.
Le doy propina.
En un almacén me compro un cartón de vino y me lo tomo en Plaza Cagancha. En una carnicería compro un bife y lo cocino a la plancha.

Telefoneo parejo a los cuatro conocidos, organizo la joda que tenía en la cabeza y me siento a esperarlos. Todos vinieron. El poeta fallido Raul Morales, Charlie Sheldon, Guido Moglia y Ezequiel, el travesti que se hace llamar Mina. Durante la tertulia todavía sentía los coletazos del suplicio.
Jugamos al truco. En la tirada de reyes me tocó en suerte Charlie Sheldon. Por decantación la otra pareja fue el resto. Cuatro tipos a una mesa y un travesti al margen. Se reparte la primera vuelta y soy mano con un ancho falso, uno de basto y un siete de oro.
- Los voy a coger de dorapa, putos.- arengo.
- Veni.- me dice Charlie Sheldon. Yo hago los guiños y muevo la boca. Él no entiende. Tiro el siete.
- Veni, te digo.
- Te tiré un siete de oro, qué querés que haga. ¿Qué me disfrace de gallina? La puta que te parió.
- Ta.
- Envido- canta el poeta.
Miro a mi pié. Está en babia.
- ¿Cómo venimo?
- Tamo al horno.
- Joder. Quiero, Morales.
- Veintisiete.
- Matalo, Charlie.
A Charlie le cuesta contar los numeritos, pero se entona unos “Veintiocho de mano, careta. ¡GIL!”.
- Son buenas.
- Obvio.
- Las quiero ver en mesa.
- Jugá, sogán.- le escupe Moglia a su partenaire, que tira una triste sota.
- Bajita...- le pido al pibe.
Tira un once, el caballito de Troya. Joya. Guido entiende y saca un siete de espada. Grita- ¡Truco!- con la carta en la mano.
- Jugá, maricón.
- ¿Querés o no querés?
- Quiero.
Guido pone un tres, confiado.
- ¿Alguien dijo retruco? - pero antes de eso pongo cien mangos arriba de la mesa.
Guido Moglia y el poeta se consultan en silencio.
- Quiero.- dicen los pibes.
- Los billetes sobre la mesa quiero.
- Acá están.
Hay que saltar y salto. Pongo el ancho de basto.
- ¡Salta violeta! - se escucha.
- Chupala.
Raul pone un dos, Charlie saca una carta y lo paro en seco.
- La otra, poné la otra, abombado.- Tira el cinco.
Pongo un ancho falso, el uno de copa. Raul sonríe, se pone serio y tira un beso sobre la mesa.
- ¡Retruco!- grita el boludo de Charlie.
- ¡Ya estamos ahí, ENFERMO!- me apuro- ¡ELLOS TIENEN EL QUIERO!
Se van al mazo.

Durante la mañana siguiente Guido Moglia durmió la mona, dio de comer a los pájaros, vació los ceniceros, tapó al travestido con un saco negro, despegó las cartas pegadas a chicle de abajo de la mesa, lavó los trastos y puso a hacer café. Después agarró mi llave y se fugó, no sin antes guardarse la tarasca en sus bolas. Se tomó un taxi, un tren, dos taxis más y fue a parar a Lugano. Uno y dos. Ahí lo robaron. Le sacaron todo. El saco, la camisa, el pantalón, los zapatos, los calcetines y el portafolio. Lo dejaron en calzoncillos. Adentro de los calzoncillos, la pija y la plata. O los huevos y la teca. Los gobelins y el money.
Cuestión que Guido Moglia quedó desnudo en Lugano uno y dos, con siete lucas en el paquete. Cambio chico para peor. Todo un bulto.
- ¿Qué hacer?- gimoteaba Guido.- ¿Qué hacer ahora? - y reía.- JA JA JA JA.
Era la viva imagen de la desesperación eufórica. El mismo desamparo que tendría un neurasténico si se le prende fuego la camisa en un confesionario.
- ¿Qué hacer aquí y ahora?
En ese punto Guido Moglia hechó a correr. A las seis, siete, ocho horas llegó al centro. Había un cacerolazo. Una señora gritaba mientras su criada batía las ollas. Otra mujer, muy entrada en años, totalmente ajena al caos social y de rodillas en una vereda, jugaba a la payana con una serie de cantos rodados.
Moglia avistó una tienda de ropa y así entró:
- Me robaron, pero aquí traigo el dinero.
El vendedor era pibe y muy afable, le puso un pantalón, la camisa y los zapatos y le cobró trecientos pesos. Guido se dejó emplazar el saco sobre los hombros cansados y miró al pibe afable.
- ¿Y las medias?
El pibe lo contempló.
- No hay.

El poeta fallido Raúl Morales se calzó el revolver, el pulóver, las calzas y se puso el reloj, las zapatillas de altos deportes extremos, una muñequera blanca, medias a juego, gorra de lana, gafas negras y sudadera. La sudadera es ese tipo de musculosa que viene con agujeritos toda perforada a la que también se le llama ballenera.
El poeta fallido Raúl Morales, ensoñado con la quimera, el ideal y el hondo anhelo de la patria socialista, transitará toda la distancia que separa Buenos Aires de las minas de Potosí, donde sufrieron tantos indios bajo la mano dominante del yugo español, y lo hará en patas sobre un micro, entre gallinas, nativos y criollos autóctonos, con el fin de emancipar a la monada de quinientos años de sumisión y ultraje.
El poeta fallido Raúl Morales -y ahora hablando de su espíritu- un acérrimo libertario y tenaz librepensador, era lo que los psicólogos han sabido llamar, acaso un poco apresuradamente, un caído de la palmera. Su poesía era el tántrico compelio de atípicas satisfacciones, y daban un resultado negativo, poniendo a Raúl Morales en una frustrante encrucijada: verbalizar a través del esfuerzo estético una moral y una ética del proletariado, o bien incursionar en una lógica absurda y llegar a un producto desprendido de las circunstancias, alejado del llamado de las necesidades básicas de las clases más postergadas.
Cuando el poeta fallido Raúl Morales llegue a las minas de Potosí lo que verá será una señora meando. En la calle. Verá una serie de niños menesterosos huyendo de la privación, la escasez y la miseria, una choza, un montículo de piedras con una cruz torcida, una madre pariendo y un grupo de babuinos solos. No se le ocurrirá otra cosa que congraciarse con el prójimo. Sus altos valores y su persistencia inquebrantable lo conducirán a cambiarle los pañales a una criatura cagada. Esto sucederá en Bolivia, a 4067 metros de altura respecto del nivel del mar, considerando que la mar se ubica a un metro cero.
El poeta fallido Raúl Morales morirá en siete días, fusilado a conciencia bajo el lumínico Astro Rey, sin juicio ni previo aviso, habiendo ya plantado en el útero de Sor Maria Elena Díaz de Cálaco Balseda la próspera simiente de una honda y sangrienta revolución insípida, funesta y fortuita.

Rayando el sol, el travesti abre los ojos bajo el saco negro y no ve nada. Un instante de pánico, luego recuerda un túnel. Como una ficha de dominó que empuja a otra caen en su mente las imágenes de lo que acaba de dirimir en sueños: la ciudad a ojo de satélite, caída en picada rapaz, terrazas, azoteas, casas marcadas, la vereda, barro tal vez, bichos bolita, una serpiente viaja por la sal, napas, pedregullo, caños viejos, ratones del tiempo, leches elementales, la guarida de los hombres topo y el centro mismo de la tierra.. Bajo el saco, a metros del canto dulce de los gorriones empapados en rocío, se queda oyendo como un ciego frente al mar.

Saca un ojo, lo asoma, siempre por debajo del saco negro, y un porongo se acerca a su nariz.

- Querés un mate?

Charlie Sheldon le alcanza un cebadito.

- Qué hora es, papi? - carraspea Mina.

- Son las nueve.

- Yo creí que eran las tres.

- No.

El dueño de casa, en bata, duerme como un jilguero en la silla de mimbre, apoltronadísimo. Anoche se dio la biaba con el moscato, después de perder una a una sus humanas dignidades y la plata que tanto anduvo apostando y arriesgando sin el tapujo correspondiente en un hombre de bien. El travesti se quema la boca despintada.

- Ta muy caliente esto!

- No seas maricón.

- Avisá. ¿Dónde están todos?

- No sé. Raul dijo algo de reivindicar estee.... Bolivia. Moglia se fue, tambien.

- ¿Me dejó algo? No me pagó.

- ¿Quién?

- El petiso. El chiquito. El de la voz aflautada. El virolo.

- Guido Moglia.

- Sí.

- No sé, a mí no me dejó nada.

Mina sale y llama el ascensor, emerge a la calle, para un taxi, cruza Coghlan, pasa Villa Urquiza (comentario del taxista: a ustedes yo los reconozco por la quijada), en Villa Ortúzar, con el reloj corriendo, hace un parate en la parte fifí, habla con solvencia en un quiosco, en Villa Pueyrredon se da la mollera contra el techo en un lomo de burro. Por Villa Devoto un toro detiene el tránsito. Villa Lugano, el enano de voz aflautada para el taxi con un dedo, Mina se baja, lo embiste, lo despoja y sigue viaje. Villa Real: tras un exhaustivo examen de la ropa y el portafolios de Guido Moglia, el petiso virolo, Mina se desayuna con que no le sacó un puto mango. Villa del Parque, aclara que el viaje lo abona con un pete. Villa Luro, se pasa al asiento del acompañante. Villa Santa Rita: pete. Villa General Mitre, fin del viaje.

Se vuelan las cartas de la mesa. Como un jilguero de mimbre, despierto inconsciente. La bata refulge, la bata flamea y atisbo mis bolas. Con la fuerza de mi voluntad logro torcer las chances a mi favor y mover la cabeza. Miro en derredor y encuentro un niño. Junto al niño, una perra embarazada, dos peones negros en el suelo y una radio portátil. El porongo de Sheldon, caliente, me quema la boca.

- CUIDADO- sonríe, se pone serio y tira un beso sobre la mesa.- Ta quenchi.

- Avisá.

Primero lo que hago es darme una ducha helada, secarme, peinarme, arroparme. Corro siete cuadras entorpeciendo el tránsito.
Madrugada, tres de la mañana, chufle, fresquete, tornillo; rolo un faso. ¿Sabés qué? Yo en realidad no fumo. Aunque éste no es mi primer cigarrillo.

Veo la calle, con todos sus ingredientes y aderezos. Mi cabeza se comporta erráticamente. Las aceras desérticas chocan contrastando fiero y duro contra mi cuerpo grande, mi tez morena y mis ojos achinados. Mi nombre es Sergio, me repito. Mi nombre es Sergio.

Entro al departamento sigiloso como un chacal, como una hiena embarrada, con la llavesita. Hay un bulto en la cama, un hombre, la inconfundible forma de un cuerpo, acaso muerto. Me acerco, constatando que respira, mas sin roncar. Lo toco suavemente y se despierta.