martes, 28 de octubre de 2008

San José 629 3º 16 (por escalera)


Estoy viviendo en una casa prestada. Tiene cuatro ventanas. Tres dan al poniente y la otra da a su opuesto complementario: una plaza cargada de malandras. Tiene tres puertas: la puerta de entrada, la puerta del cuarto y un baño en suite con la otra puerta. La cocina no tiene puerta, tiene vano y no en balde una heladera, un microondas, un horno con hornallas, pileta para lavar, el termotanque, un tacho de basura sobre un banco, y el cagadero de una gata tuerta. Se llama Coca pero yo no la llamo así, yo le digo Catalina. Igual ella no reconoce las palabras.
No me pude mudar a otro lado. Pero acá me va a pasar una aventura: Es verano y hace mucho calor. Hay moscas en la habitación, y las papo. Las aniquilo con una camiseta enroscada e ímpetu. Es un pasatiempo. Acá sudo mucho y hago poco. Así que la semana pasada subí al techo a tomar fotografías de la señora que da color a sus pechos en una terraza vecina. Era en el promedio de la tarde, un sábado. Venía de haber llevado la ropa al lavadero, una coreana hermosa que no me entendió patente todo lo que le decía. Había pasado por el súper chino, había comprado comida para el gato, piedras para su caca, manteca, leche, cerveza y un caldo de gallina. Yo quería cagar. Había salido para eso. De antemano. Había ido a comprar papel. Pasé primero por la carnicería, pero estaba cerrada. Voy al chino, pensé. En el chino compré manteca, leche, cerveza y caldo. Llegué a casa y fui a cagar. No había papel. Eran las dos del mediodía y me limpié con el cilindro de cartón. Lo deshojé y me limpié con dos ásperos pedazos. Me acordé de Bukowski, que como último recurso sacrificaba el calzoncillo.
Bueno, me cagué, y me limpié. Es sábado. Qué hacemos. La ventana. Había niños jugando al futbol en la plaza, linyeras en el banco contándose las várices, sol, edificios, un poco de miedo al cielo y una grata soledad ambigua. Tres palomas en los cables, un cigarro en la mano. Y suena el timbre. Hola? El portero anda mal. La gente no me oye.
- ¿QUIÉN ES?
- Federico.
- VOY.
- Federico.
Voy. Tres pisos por escalera. Arduo. Abro. Es Fede.
- Qué hacés?
- Santi.
Un piso por la escalera.
- Qué lindo edificio.
- Viste?
El piso siguiente.
- Mirá este vitró.
- Eh?
- Éste vitró. Es hermoso.
Tercer piso por escalera.
- Es acá.
Entramos, le muestro la casa, abrimos una cerveza.
Y miramos por la ventana.
Niños jugando a la pelota, viejos quemándose al sol, vamos a por una más. Conversamos. A Fede se le ocurre salir a caminar.
- Tenés porro?
- Si.
Lo mezcla con tabaco en la Plaza San Martín, a veintisiete cuadras de la casa. En el camino me cuenta una película acerca de la guerra fría y un hombre-robot cuyos sentimientos se ven agitados por la crueldad de la milicada yanqui y rusa. No tendría por qué haberme contado todo el argumento de esa película pedorra, pero la recordaba. Era un hombre cuyo pasado fue destruido y le pusieron partes de robot en el cuerpo. En realidad habían rescatado solo los ojos, el cerebro y un brazo del chabón. El resto era robot. Terminaba con el tipo cultivando la tierra en un tractor.
Ese faso lo fumamos mirando simultáneamente a un grupo de personas subiendo un mueble con una soga a un cuarto piso, un supergordo reclinando un banco y un hombre de mediana edad que cargando un bolsito se masturbaba dándonos la espalda mientras otros freaks lo miraban boquiabiertos.
Algo sórdida se tornaba la plácida tarde esa tarde en la plaza. Habremos tenido alguna reflexión en la conversación desde el punto de vista psicológico, o llevado para el lado de la psicología. Después fumamos otro chirulo.
Y nos fuimos a comer. Tomamos la calle Florida, Lavalle, cruzamos la 9 de Julio y pisamos Corrientes para meternos en Güerrin a comer esa muzzarella ideal. La gloria hecha queso caliente. Afuera empezó a haber un tumulto. Pero qué fecha era. Era doce de Octubre. La multitud se amontonaba en cúmulos, y seguían una misma rítmica aborigen, originaria propia de esta tierra. Me incluí en la primera fila. Tenías la música, la columna de gente, las banderas y la gente danzante. Tras las banderas, frente a la gente, nos colamos. Rodeados de indígenas, fumados, comidos, bebidos, marchamos. Hermoso. No había otra. Había una procesión. Después de haber comido esa comida, después de haber fumado ese faso en esa plaza, después de haber pasado esa tarde, una inopinada clausura nos arrebató. Los días de aquí en adelante, y de aquí en más, iban a permanecer distintos.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Los Amigos de Carlitos



- Estoy bajoneado, maestro.
Era un bar temático. Había un viejo pelado jugando al truco por porotos blancos con un mozo de delantal. Después jugaba con otro mozo, y después con otro más. Un boliche largo y angosto, y ahí yo me tomaba un Toro Viejo con soda. Cosa curiosa: Carlitos (porque se llama Parrilla Los Amigos de Carlitos) tenía un capuchón de estaño del pico de vino en el dedo índice. No pregunté, no quise preguntar. La discreción es un bien bien valioso.
- ¿Qué le pasa, amigo?
No había una sola mina. Estaba muy acotado el espacio, coexistían pocas mesas en un pasillo estrecho. Estaba lleno, no había quien no fuera un habitué y cuando le pregunté a el salteño si frecuentaba el lugar me dijo “si no estoy esta noche vengo dentro de un rato”.
- Dramas de concha.
A mi mesa estaban sentados el salteño, Hugo Catelli y Un Desconocido. Éste último llegó promediada la conversa y se sentó sin avisar con un vaso de vino. Yo estaba preocupado, me llevé la mano a la cabeza y escuché el tic tac del reloj pulsera. Una y diez pasadas. A pesar de la ley, todos fumaban.
- ¿De concha? Esos pelos agitan las montañas.
Tic tac tic tac tic tac tic. No corría el aire. No había mujeres, el vino con soda no daba ni dio ni da. Me había pasado una cosa fea y estaba caminando en puntas de pie en mi propia casa.
- Estoy caminando en las puntas de los pies para entrar y salir de la casa.
Era una mesa de dos para tres personas en un rincón pegado a la entrada. Teniamos un taburete, un gato encima y la puerta. El lugar estaba lleno, pletórico de ebullición. Un homosexual se detuvo a saludar al salteño. Un puto viejo toquetón, y el salteño se puso nervioso. Es un tema delicado el de la homosexualidad; el viejo se fue, aventado por los gestos esquivos.
- No magnifique compañero.
No magnifico y pedimos otra vuelta del vino agriado. El mozo tiene un bigote fino y una lamida de vaca en la cabeza. Tiene un lápiz cruzado en una oreja, un trapo al brazo y una bandeja. La bandeja tiene manies, el trapo olor a sucio. El mozo huele a sí. Hiede.
- No hay magnificación, señor. Es la realidad, y la realidad es una sola, como diria el general. Ahora, yo te digo, no es simple, no hay movida simple, esto no es tan sencillo, mi tema... es una cantidad de responsabilidad compartida, y hay un punto en el que yo no coincido.
No era cuidada pero era luminosa. Sin ser cegadora la luz era blanca, pero con sus matices permitía amar la ambigüedad tiernamente luminosa. Habia humo, también. Y olor a tiempo.
- Habria que ser varón. Y bancarsela cabrón.
Un dejo de culpa tocaba mi alma, un viento de falta rozaba mis huevos, la dicha solapada crispaba mi ego bendito de ternura. Todo esto por una mujer sórdidamente bella. Un hallazgo de concha.
- Es tan difícil.
¿El bar cerraba? Tenía que cerrar. Pero podía abrir al día siguiente.